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Unos dias en mi Argentina…

Sentarse a escribir acerca de la vuelta suena fácil, casi como escribir cualquier otro post , incluso sonaba ameno. Por eso fue que cuando me dijeron: “Che, escribite algo acerca de la vuelta a casa” acepté de entrada.

Difícil no podía ser.

La verdad resultó ser otra: “difícil” le quedaba chico a la tarea, la cosa se acercaba más a lo “jodido”. Y es una jodidez difícil de sortear, que no viene de lo lingüístico o de lo organizativo, sino de lo emocional.

¿Cómo desmenuzar lo que sentí en dos semanas locas en las que no solo descubrí cosas acerca de mi país y de mi gente sino de mi mismo?

Un poco espantado por la tarea, hace un par de semanas empecé por la parte más fácil: las impresiones que la Argentina me dejó las volqué sin mayores problemas en “Dios salve a la Reina”. Pero ya no había tiempo, y a las cosas solo se las puede postergar, pero no escapárseles. Así que me arremangué la camisa y me senté frente a la laptop.

Como la mayoría de las historias acá, la mía al regresar a la Argentina también empezó en Ezeiza. Mi mujer y yo habíamos salido de Heathrow, en Londres, hecho trasbordo en Madrid, y unas diez horas después del despegue inicial a mi todavía no me había caído la ficha: después de casi dos años estaba volviendo a casa, y creo yo que una parte de mi estaba aprovechando el tiempo del vuelo para acostumbrarse al merengue emocional que la cosa iba a significar.

La cabeza recién me hizo “clink” tiempo después de aterrizar en Buenos Aires, cuando una vez cargado el taxi que nos llevaría a Aeroparque –después de quince horas en el aire más un par de amansadoras en el medio aun nos quedaba llegar hasta Mendoza- nuestro conductor metió primera y salió de la fila de taxis rumbo a la ruta… sin mirar por el retrovisor.

La banda sonora del momento estuvo a cargo de una decena de otros “tacheros” que se prendieron de la bocina como si de eso les dependiera la vida. Y a modo de coro las puteadas, claro. Ahí todos nos acordamos de madres, abuelas, hermanas y cornamentas por igual. En ese instante las miradas de Hugo, nuestro inconsciente conductor, y la mía se cruzaron. Y los dos estallamos en una carcajada bien fuerte, de esas que salen de la panza y no se preocupan por mostrar las tapaduras de las muelas ni por la buena educación. Y la magia sucedió. Así, como si nada, sentí que estaba de vuelta. “Bienvenido a casa”, me dijo Hugo a manera de confirmación.

Y yo recibí las palabras como si fueran el Sagrado Sacramento. Solo tenia dos semanas en casa, y me había propuesto aprovecharlas a fondo, y sin cinturón de seguridad: si hay que perder la compostura se la pierde, si hay que revolcarse por el patio hasta quedar blanco de tierra jugando con el perro, se lo hace; si hay que fundirse en uno de esos abrazos que hacen que a uno las piernas se le aflojen, las narices se corran y los ojos se inunden, se lo hace. Y si hay que enfrentar al pasado con el puño cerrado y la frente en alto, se lo hace. Después de todo uno solo tiene un par de balas en la cartuchera. Y hay veces en las que solo tenemos una oportunidad de gatillar.

Los motivos de mi viaje eran varios. Pero primero y principalmente, me ocupé de hacer tic en los casilleros estándar: ver a familia y amigos, jugar al fútbol, comer asado, hacerse con parafernalia de origen nacional, comer asado, pasar por Buenos Aires (no-porteños solamente), jugar un par de veces al truco e intoxicarse con Quilmes y caña Legui. Estos, se me hincha el pecho al decirlo, fueron tics generosos, hechos y derechos, con fibrón punta gruesa: Familia y amigos fueron visitados con una asiduidad cansadora, tirando a pegajosa: aunque todos estaban de un modo u otro diferentes de como los recordaba –kilos de mas, kilos de menos, barbas nuevas, cabezas grises…- de los doce días que estuve en Mendoza, once y medio los pasé con ellos. Eso si, espolvoreado con un poco de todo lo demás: cantidades inéditas de asado, ocasionales y siempre humillantes partidos de fútbol, desfalcos en los locales Musimundo en búsqueda de bienes con la banderita celeste y blanca, visitas a las parrillas locales, humillación en las mesas de truco, y… un par de litros de los preciosos líquidos.

Pero como en todo y como siempre, las cosas no fueron solo de ida. Pasado el regocijo inicial, me encontré con la otra cara del reencuentro. Esa que, al menos para mi, no fue obvia a pesar de ser lógica. Yo también había cambiado. Y de acuerdo a ellos, a mi gente, bastante. Los cambios rebalsaban la obviedad (me casé, estoy un poco mas viejo, mas barbudo, un par de kilos de los que a diario reniego y que se empeñan en mostrarse…) y salían a la superficie. El Javier que hace dos años se fue ya no existía; el que había vuelto era uno que, a los suyos, les resultaba un poco extraño. Las diferencias no eran grandes: un cambio en la pronunciación –el “caie” mendocino ya no estaba, y lo que ahora salía era una “caye” medio aporteñada…-, en la manera de hablar que por ahí tenia un poco mucho del inglés, y por ahí en la manera de vestir, que en sus mejores momentos ahora era más Londres-capital-de-la-moda que Mendoza-capital-del-vino.

Cosas que, acordemos, rozan lo insignificante. Pero que en su conjunción, agitadas pero no batidas con Fernet y Coca, decían a coro con amigos y familia: “Javi, ¿sabes que? Te ves un poco mas… extranjero.” Y las tres silabas caían una tras otra, abollándome la moral. Pero tiempo después, habiendo digerido y repensado el asunto, las cuentas me empezaron a cerrar: el cambio es inevitable, permanente. Y hay veces en las que ni nosotros mismos nos damos cuenta de cuándo ni cómo viene, mucho menos de cómo nos deja. Y a veces, sin que nos demos cuenta, el madurar se nos nota.

Así las cosas empezaron a tener sentido para mi. Así fue como un viaje de dos semanas que había sido concebido como visita familiar a base de necesidad aguda se convirtió en algo mas profundo, bastante cercano al auto-descubrimiento. ¿Qué hacer con esta ensalada rusa de emociones, yosoy y yonosoy, quéseyos y quésecuantos.

Bueno mi amigo, bueno mi amiga, a modo de catarsis o de terapia, cuando en duda recurra a la pluma y el papel que generalmente no duelen y hasta ayudan o a Argentinos en… ¿Quién sabe? Tal vez se sorprenda, y por entre medio de los renglones se descubra a usted mismo, a usted misma madurando…