Un golpe, un remezón bíblico que le abrió las entrañas a la tierra y horas que se convirtieron en días de oscuridad. Un terremoto es un ataque a cuatro flancos, un asalto a los sentidos. El oído y la vista no dan crédito a lo que reciben. En el caso de los sobrevivientes el gusto, el olfato y el tacto terminan envueltos en la tierra, los escombros y el miedo. La tierra se adueña del agua que no se puede beber, y reinan el olor a cuerpos sudorosos y al miedo, el tacto de lo que los dedos rozan y ahora es áspero.
Durante los tres minutos en los que los dioses se entretuvieron meciendo a esta porción del hemisferio como una caja de zapatos, el ruido. En Santiago, el ruido estremecedor de edificios que intentaban escapar. Las iglesias de adobe que se daban por vencidas cayeron como el elefante de Orwell herido de muerte; de a poco y sin gracia. Y en su quejido lento y sin descanso se llevaron consigo las memorias pasadas y futuras de miles de chilenos. En el sur, el grito de la tierra al abrírsele las entrañas. En la costa, el rugir del océano. Que de un manotazo húmedo y salado se llevó consigo a las almas y ladrillos de una isla y cientos de kilómetros de costa. En todo el país, el ruido de gargantas que en el espanto y a grito pelado se deshacían en miles de hilachas por encontrar a los suyos o se perdían en un lamento que estrujaba el pecho.
En el medio de la madrugada, y en el nombre del desastre o la seguridad preventiva, el ochenta por ciento del país se quedo en oscuras. A lo largo del territorio la luna brillaba con fuerza, y bajo ella se cobijaron millares de chilenos. De a grupos se trasladaron a plazas, parques y cerros; lo más lejos que la cordillera lo permitiera de las fauces del mar y de los edificios que, vencidos, se desplomaban. Preguntar por la familia o amigos se volvió fútil al cabo de unas horas; las respuestas siempre eran parecidas: “Mi hija esta en el cerro, por si viene una replica.”, “Mis niños en el parque, por si tiembla de nuevo.” contestaban los santiaguinos. Los cerros Santa Lucia y San Cristóbal, en el corazón de Santiago, cobijaron a miles la madrugada del sábado.
Aquellos que sólo sintieron a la tierra estremecerse bajo sus pies y se sorprendieron agradeciendo por su vida trasladaron sus preocupaciones a sus seres queridos varados en el sur. Con pobres servicios de telefonía, y sin conecciones de internet que sirviesen, en las primeras horas después del desastre fueron los locutores radiales algunos de los muchos héroes de la tragedia. Ayudada por una red de radioescuchas con comunicación telefónica y vocación de periodistas de alma buena, la cadena ADN Chile hizo maratónicas transmisiones las 24 horas, haciéndoles compañía a los millones que por esas horas estaban en carpas en lugares públicos o a los otros tantos que, bajo la seguridad de su techo, se preocupaban de enterarse en sus radios a pilas. Fue así como nos enteramos de los hechos que más tarde la televisión chilena, la CNN, la BBC y cientos más se ocuparían de repetir. Así también llegaron a nuestros oídos noticias de pequeños milagros, de los pedacitos de noticias que no tienen suficiente carne para la televisión pero que en el radioescucha dibujaban una sonrisa sin culpa. “Los perros están bien, tranquilos.” dijo un oyente e improvisado reportero en comunicación telefónica, informando de la situación en las afueras de la capital a la vez que calmando a su familia.
Es que los animales son muy importantes en la vida del chileno. Asi como no es raro verlos dentro de las tiendas de la capital, en los centros comerciales o en cafes, tampoco debe serlo que figuren en las noticias. Un oyente preocupado llamó a la estación el domingo a la noche pidiendo información acerca de un circo que estaba trabajando en la región del Maule. Un familiar trabajaba con los artistas y no había habido noticias del lugar. Minutos mas tarde el locutor anunció que, cortesía de otro oyente, se sabía ahora que el circo estaba bien. Los capataces habían ordenado la evacuación hacia los cerros, y con ellos partieron malabaristas, payasos, la mujer barbuda. Y sendos leones, monos y caballos.
Valparaiso, ciudad-postal de puerto, estaba de punta en blanco y dispuesta a recibir a los hombres de letras del mundo hispano con su Congreso de la Lengua. En su lugar, recibió una bofetada visceral del mar, toneladas de escombros y postales dantescas, y al primer crucero de placer, de bandera norteamericana, que tuvo que hacer puerto debido al oleaje. Apenas anclada la nave, confundidos y enojados con el mundo,lucian como niños grandes y desamparados. Niños ricos, enfundados en ropa de diseñador y acentos de Beverly Hills.
Es cierto que las catástrofes derriban barreras y la gente termina olvidándose de minucias como las clases sociales; el barrio en el que esa pila de escombros que se llamaba casa quedaba o aquel monton de chatarra que una vez fue un BMW dejan de ser simbolos de estatus para ser meros detalles sin importancia. Pero también es cierto que a veces estas hermandades de ocasión duran más que otras.
Mientras que cientos de miles tuvieron que quedarse en sus pueblos a rescatar lo que pudiesen del polvo, la sangre y el agua, los niños de Beverly Hills encontraron una van que los llevara a Santiago en la primera hora, por el módico precio de cien dólares. Una vez en Santiago, consideraron seriamente subirse a otra que los pusiera en el menos traumatico suelo de Buenos Aires por la bagatela de treinta mil dólares americanos. Algo mareados por la multiplicidad de ceros de la moneda chilena, casi dan el “si.” Hasta que alguien les avisó que en la terminal de buses de Santiago las cosas estaban funcionando a la normalidad y por casi mil veces menos podían descansar sus cabezas en un bus de larga distancia.
Fue allí donde me los encontré, y más allá de la amargura de saber que a esa hora podrían estar camino a casa del aeropuerto en un convertible y no en el control aduanero trasandino, se los veía bien. Algo fuera de su elemento, claro. Caminando por los rincones de la aduana, un ex productor televisivo parecía estar al borde de un ataque de nervios. Sus amigos me aseguraron que estaba bien, y al final todos coincidimos en que unos días en Sudamerica, y lejos de limusinas y jets ayudarían a formar su carácter.
La magnitud del sacudón, además de poner al país de rodillas, también multiplicó la cantidad de héroes que se movían por las calles. No solo los locutores radiales de la emisora ADN salieron al frente para mostrarnos que el buen periodismo puede y debe ser también humano. Hubieron otros en el sur que, a menos de media hora de haber sido golpeados por el maremoto, se dispusieron a organizar y calmar a la población via radio.
Dando una lección de dedicación y entrega fílmicas, los cuerpos de bomberos voluntarios trabajaron por hasta 48 horas sin descanso en las séptimas y octavas regiones chilenas. Para agradecerles y darles aliento, decenas de vecinos circularon los barrios llevando consigo comida y bebida que los empujara hasta terminar la tarea inmediata.
Como los sobrevivientes también necesitaban contención, muchos de los chilenos que timoneaban hosteles y residenciales con turistas extranjeros en sus listas se transformaron de un dia para el otro en psicólogos, telefonistas bilingües, cocineros de campanya y familia de ocasión para sus pasajeros. “Qué mas puedo hacer? Ellos necesitan una madre, y yo sé cómo hacer que mis hijos se sientan bien.” me contó Blanca, mientras cocinaba fideos para veinte en el Forestal, cerca de la Alameda.
Otra cara del caos se descubrió el domingo a la mañana. Poca gente decide quedarse en una zona de desastre a menos que tenga que hacerlo, y los miles de extranjeros de visita en Santiago inundaron las oficinas del aeropuerto, líneas aéreas y terminales de ómnibus. Sin éxito. Las noticias mas alentadoras hablaban de una vuelta a la normalidad aeroportuaria el miércoles o el jueves, mientras que los mas realistas decían que había que esperar hasta el lunes para armar las valijas.
Otros viajeros, sin embargo, decidieron arremangarse y atarse el pelo para ayudar en vez de unirse a la carrera a ciegas por un asiento en el próximo avión que despegue de Santiago. Sonya, una británica de español monosilábico y mirada tierna, se las ingenió el domingo a la tarde para preguntar cual era el próximo bus que salia hacia Concepción, el epicentro del terremoto. “No tengo nada que hacer aca. Estaba viajando de todos modos, y si puedo ayudar a quienes lo necesitan, por que no?” El lunes a la mañana nadie la vió en la mesa para desayunar, y todos sabíamos donde estaba.
Hola! me gusta mucho el estilo en tu reportaje, porque es humano y cuenta una realidad más cercana comparada a lo que se recibe a través de los noticieros, que bueno que saliste bien, y nada, me tomaré el atrevimiento de ponerlo en mi fb porque se que a más de uno le interesará leerlo.
Un saludo!