Rejuntado, ropa vieja o hash browns.
Esas cosas que encontramos en el fondo de la heladera y nos damos cuenta de que algo se puede sacar. Como esas notitas que una va dejando en la moleskine cuando los jugos fluyen y que luego terminan en un cuento de la gran siete, o las entrevistas que uno hizo y que le dan forma a una revista mas en el eter. Como esos libros que tantas veces leimos, y que de tanto releerlos uno empieza a apadrinar palabras, frases, giros. Como los suenyos, que como las palabras siempre son reciclables, he armado un rejunte de lo mas interesante que publique en Argentinos en…, el blog de Critica. A leer, y a estar de acuerdo o no. A pensar, que para eso estan los simbolitos!
Los libros solo son necesarios para sus autores.
Que es lo que buscamos estando acá, sacando nuestros trapitos al sol? ¿Es una caricia al ego lo que nos llama? ¿El reconocimiento del compañero? Tal vez escupirle el asado a ese/a que escribió ayer, y que francamente no nos gusta. O quien sabe, quizá sentirnos mas aglutinados, mas juntos y pegaditos en nuestra argentinidad. O tal vez más separados, más únicos, más individuales.
¿Por qué escribo? ¿Qué hago acá? ¿Qué fue eso que me levanto del cuello y me sentó frente a un teclado por primera vez, e insiste en seguir haciéndolo religiosamente?
La respuesta es una mezcla de todo, creo yo. Esos demonios que nos empujan a sentarnos a la computadora responden a todas estas preguntas; tienen muchos nombres. El acto de escribir no responde a un llamado sino a muchos, “es pluralista en su convocatoria” como dirían algunos.
Ahora, una vez sentados a la computadora en esa nirvana necesaria y maravillosa, no solo escribimos para postear y subirnos arriba de la mesa por un ratito; lo hacemos para sentarnos en la butaca y, con los deditos sobre el teclado, tirarle flores, tomatazos, y sachets de mala leche a aquel que también se decide a exponerse.
Y es así como se acumulan pilas y pilastras debajo de los posts que despiden los más diversos hedores. Es así como vemos posts con diez, quince, cuarenta comentarios que, de vez en cuando y como la linterna del acomodador, nos muestran como somos en verdad desde la butaca, donde es fácil esconderse en esa oscuridad de sala que se llama “seudónimo”.
Es un fenómeno en si mismo, y en él se puede ver el que quizá sea el mayor aporte de “Argentinos en…”: el de funcionar como espejo de al menos una de las caras de nuestra realidad. Es que al fin y al cabo lo que hacemos en la vida diaria en nuestro mundo de cemento, carne y hueso no es muy distinto: en las calles, en los bares, en los clubes, en el laburo y en nuestros dormitorios estamos todos nosotros, los mismos que firmamos los posts y comentarios, moviéndonos de una manera que no es diferente. Por supuesto que están los indiferentes, eso a los que no les importan tres rabanitos lo que el otro diga, opine, haga, o deje de hacer.
Pero también estamos los que le tendemos una mano que a veces tiene la forma de un par de mangos, a veces la de un tubazo por teléfono, y a veces la de una dirección de email al que parece necesitarla y la quiera agarrar. Estamos los que, chanchos amigos, nos unimos a coro en un “!tenes razón!” y por supuesto los infaltables de siempre, los mala leche que por motivos que escapan toda lógica solo encuentran el placer en el fracaso y la miseria ajenos. De todos, habemos muchos. Y todos, en el blog como en la patria tangible, convivimos. Sin embargo, y mas allá de todo y de todos, el acto de escribir un cuento, un poema, una novela o un post responden a una necesidad mas intima e interior, que casi nunca tiene que ver con una respuesta que se espera de la comunidad.
Cuando uno escribe, no lo hace para fraternizar con los amigables ni para seducir a los indiferentes, mucho menos para silenciar a los mala leche.
Escribo desde que tengo uso de razón; cuando me senté frente a un papel en blanco y tuve en mi cartuchera el alfabeto y el lápiz punta fina por primera vez, lo que me llevaba a empuñar el lápiz era simplemente descifrar el significado de las palabras, de sus combinaciones. Después, ya mas crecidito, rescaté la Olivetti lettera de mi viejo del fondo de un baúl, y de ahí a la computadora, donde el juego de las permutaciones y la edición propia es mas fácil. Escribo desde siempre, y espero hacerlo siempre. No lo hago para Pedro, Luis, o Juan.
Lo hago para mi mismo.
Jorge Lanata escribió en el prologo de “Argentinos” algo que Cortázar, Paul Auster, George Orwell, y una cola que le da la vuelta a la cuadra dijeron antes: “los libros sólo son necesarios para los autores”. Los posts también.
No somos tan importantes como creemos…
La Argentina, el Reino Unido, la Argentina, Londres intento jugar con las palabras en mi cabeza, a ver si les puedo sacudir un poco la cacofonía, pero la verdad es que no puedo.
Simplemente no da.
Por más que lo pienso, lo analizo, lo desmiembro, le saco la tapita y le golpeo el culo a ver que sale, no sale nada.
Las similitudes que nuestros primos de la Europa continental y nuestros vecinos sudamericanos a veces señalan entre la Argentina e Inglaterra son siempre banales, superficiales; no pasan de una relación cercana entre el sentido del humor, el uso incansable de la ironía, y la aparente facilidad que tenemos para usar el lenguaje, para jugar con las palabras.
De ahí, que yo sepa y haya visto, no pasamos.
Mientras que, como dijo nuestro Jorge Luis, el carácter del ingles es “esencialmente insular” y tiende al individualismo, nosotros tenemos una tendencia mas de aglutinarnos, de ser mas pegotes, o como una marplatense amiga mía que vive en la Isla de la Reina desde hace 20 años me dijo una vez, los argentinos tenemos “mentalidad de rebaño”.
Leo Critica y me entero de cacerolazos, tractorazos, Plaza de Mayo; cierro los ojos y pienso en el Cordobazo, en el Mendozazo, en los festejos por Malvinas, en las plazas en los mundiales, en los cacerolazos del 2001 y pienso en un grupo de gente que se identifica como homogeneo y que se une.
Pienso, y me duele el cliché, en “pueblo”. En Inglaterra, las manifestaciones populares que se me vienen a la cabeza, previa búsqueda, rebúsqueda y libros de historia, son la declaración de la Republica en 1653. República que duró siete años, una de las más breves de la historia universal, cada vez que un monarca muere y asciende el siguiente, y la muerte de Lady Di.
También existe la “esquina de los oradores”, donde cada domingo uno puede decir lo que se le cante el apellido sin temor a que lo bajen de un palazo. Aparte de estos fenómenos, el carácter y la inteligencia inglesa son, sin lugar a dudas, mas bien individuales. Así es que a veces se los rotula, bien o mal, de “fríos” o “distantes”.
Por supuesto, está el tema del “saber”, de la awareness. En la patria, por motivos que pueden ser buenos, respetables, obscenos o insultivos, todos sabemos bien que es Inglaterra y podemos ubicarla, sin mayores problemas, en el Planisferio Billiken. Del otro lado del oceano, la cosa es bien distinta. Antes de llegar acá, me imaginaba y esperaba las caras de sorpresa, de emoción, de ese gozo que se acerca a lo divino de todos mis futuros interlocutores al decirles que si, aunque usted no lo crea, yo soy argentino. La triste verdad, señor, señora, es otra.
Absolutemente todo el mundo conoce al Diego, aunque por estos pagos no goza de mucha popularidad que digamos. En cuanto a los que de fútbol ni por televisión los pude clasificar en sub-grupos. Entre ellos, las únicas personas que sabían donde queda la Argentina eran los compañeros de mi mujer de las clases de español. Y nada de gozo en sus caras. Eso si, mucho de “hable mas lento que no le entiendo” y “no se dice agarrar, sino coger”.
Otros, felices en su idiotez, pensaban que la Argentina era miembro de la Comunidad Europea, predecesora de la Unión. Pero si eso dejó de existir hace como veinte años. Imposible hacerlos entender. Los últimos, los que tenían la marca de la maldad en sus ojos me preguntaban, como queriendo no entender:
-¿Argentina? ¿ Queda en Brasil eso? ¿Y que idioma se habla allá, el portugués o el argentino?.
Una vez que las lágrimas dejaron de rodar por mi cara pude entender. Los argentinos, al final de cuentas y una vez que saltamos la verja, no somos tan importantes como creemos.
Es que por aca hay otras cosas por las qué preocuparse, otras nacionalidades de las cuales aprender: están los hermanos de ojos rasgados de la nación del sol naciente, los millones de indios y pakistaníes que vinieron a ayudar después de la guerra, mas brasileros que en el carnaval de Río, y miles mas de países africanos.
Por supuesto, que aprender sobre todas estas culturas e idiomas distintos lleva tiempo. Solo es cuestión de sentarnos y esperar tranquilos que, no le quepa la menor duda, cualquier día de estos nos toca a nosotros ser los sujetos del aprendizaje.
Sentimiento amigo
Era domingo por la mañana, y aunque había un sol radiante y redondisimo no eran más de las ocho. Las ganas de levantarme brillaban por su ausencia. Sin embargo, un bichito para nada desconocido ya estaba empecinado en halarme las patas, quitarme las sábanas de encima, y hacerme bajar las escaleras de la oreja. El muy desalmado me estaba obligando, tan de madrugada, a que enfrentara el día. Resultó imposible tratar de convencerlo con argumentos peso pluma; el cansancio acumulado de la semana y lo cómodo de la cama le importaban tan poco como el riesgo país de Suecia. Así que me calcé los pijamas de la resignación y del “ya voy” bien a regañadientes y bajé a verle la cara al día.
Al llegar lo encontré.
Ahí estaba, mirándome fijo desde su modesto y malimpuesto lugarcito en la pared. El almanaque me clavaba los ojitos de cartón, acusativo, mientras que me señalaba la fecha terrible que tenia inscripta en su centro, haciendo que la vergüenza y las fallutadas del mundo entero se alejaran de mi y del aura negra que en ese momento se había hecho evidente: era 20 de julio, Día del amigo.
El asombro, fiel como un perro con hambre, no me dejaba solo. Y tampoco lo hacia la culpa, esa cosa medio pegajosa y poco atractiva que, perdóneme usted señor cura, tan pero tan poco bien nos hace.
Así que de un salto me senté frente al teclado a cometer, ya lo sabia yo, un acto de profundo sacrilegio. Los mails en cadena, bien sabido es, son cosa’e Mandinga. Es una de esas invenciones producto de una mente perversa y sin escrúpulos con código postal en el hemisferio norte, cuya excusa para esparcir tremenda plaga entre la humanidad fue la del ahorro del tiempo; los mails en cadena nos permiten, en teoría, comunicarnos con un puñado más que generoso de contactos de un solo saque.
El resultado, sin embargo, puede ser apocalíptico. Pues es facilisimo caer en el abuso. Al menos una vez en nuestra vida como correspondientes virtuales hemos recibido mails de amigos de vacaciones que nos cuentan desde la temperatura –en Celsius y Fahrenheit, para que la envidia nos llegue bien oronda y con espacio- hasta la cantidad de cubitos de hielo que tenia el ultimo té helado que el mozo de remerita blanca les acercó a la reposera. Y de ahí, no contentos con haber plantado la semilla de la repulsión y la cochina envidia, prosiguen a contarnos con lujo de detalles cómo es la habitación del hotel en el cual los tendrán que soportar, a ellos y a sus aburridas mentes de inventario, por x cantidad de días.
Entonces, lo que el sentido comín y la paciencia, que no es infinita, nos obligan a hacer es simplemente no terminar de leer; ¿para qué agotar neuronas y pulsos cardíacos en un camino sin retorno al aburrimiento? Y ni pensar en contestar, cuando lo único que recibimos aparte de párrafos de inventario factoril, es hastío y un montón de verde envidia verde. Por consiguiente, todo mail que de ahí en adelante recibimos y que delata una multiplicidad de destinatarios termina, sin escalas, en esa carpetita que dice “basura”. Sin jamás ser leído. ¡Y bien merecido que se lo tiene, pues es el hijo bien deseado de la vagancia y la comodidad modernas! ¡Alcáncenme mi Olivetti!
Pero el saber todo esto no me ayudó. Mas bien me generó un sentimiento de culpa enorme, ostencioso e inútil como el Colón modelo 2008. Y mucho menos a las decenas de destinatarios de mi infame mensaje virtual, que me leyeron acarrear la mulita de las excusas por dos párrafos completos. ¡Tan temprano para sentir tanta culpa! El trauma me llevó a la reflexión.
¿Por qué?
¿Cómo me pude haber olvidado de un día que por años tanto significó, tanto calorcito le dio al cuore?
Fue un descubrimiento que me obligó a mirar para mis adentros.
¿Qué seguiría después?
¿Me empezaría a cambiar el pelo; se me volvería mas fino y claro, con tendencia a la desaparición prematura?
¿Me volvería más pálido, acaso; me saldrian pequitas achilindrinadas?
¿Me empezarían a revolver el estómago el mate y el malbec, teniéndome que inclinar por el Earl Grey y la Guinness?
Me asaltó el pánico. ¿Me estaría yo volviendo, lent e inexorablemente inglés, en detrimento de mi argentinidad? Uno de los mayores deseos del inmigrante es integrarse exitosamente en esa nueva sociedad que, bien o mal y a veces a regañadientes, lo acoge. Pero en mi caso, ¿No se habían pasado las cosas de castaño a oscuro?
Decidí sobornar mi espíritu albiceleste con un mate bien amargo, Mercedes Sosa acariciándome el pelo, bien maternal ella, por los parlantes, y un par de llamadas telefónicas. Y después de ponerme al tanto con familia y amigos, de dar y recibir caricias al corazón por teléfono por una buena media hora, me cayó la ficha. “Uno simplemente cambia; se adapta. No seas pelotitas” me había dicho mi abuela, con toda la sabiduría que esa cara de luna y ojos grandotes pueden contener. El medio cambia, y uno tiene que seguirlo. Caso contrario, nos quedamos en el tiempo y nos convertimos en reliquias de nosotros mismos; en hamsters en un vórtex temporal.
“El hombre que ves en el espejo y el niño que tu mamá tiene en un portarretratos no tienen nada que ver el uno con el otro. Salvo que ambas personas vienen a ser la misma: vos.” fue la sentencia que, tomando a la verdad por el cuello, escribio una vez George Orwell.
Nosotros cambiamos, a veces inadvertida y siempre inevitablemente. Junto con nuestras burbujas que a veces llamamos “mundos”. Es ahí cuando el planear, el encajonar y el adiestrar la mente y el alma para que se parezcan a un inventario amarillento y aburridísimo o una mapa de caminos ACA pierden todo sentido.
Y Jorge Luis me toca el hombro y me hace acordar que al fin y al cabo todo es futil, y que lo mejor que uno puede hacer es agarrar bien fuerte las riendas y no soltar los estribos; el futuro ya está planificado, pero en el trayecto que va de “a” a “b” cualquier cosa puede pasar. Los planes pueden existir, pero “el destino acecha en los intervalos” empujándonos, sin morales, decoro ni escrúpulos, al cambio.
Y al destino, fíjese usted qué curioso, le gusta merodear por los aeropuertos. El dejar Ezeiza y aterrizar en Londres, Madrid, Sumatra o Tokio es uno de los cambios mas radicales y maravillosos a los que el destino, con o sin nuestro permiso -al fin y al cabo, poco le importa…- nos puede empujar. Así, nos hace mas olvidadizos, raros, cambiantes, enamorados, ciclotímicos, desamorados, amargos, tristes, ricos, pobres, malhumorados, o felicísimos.
En nosotros está el elegir entre caer bien, acomodarnos; aprender a caminar en nuestro nuevo mundo y convertirnos en recuerdos andantes de nosotros mismos. Así, a los empujones, el destino nos hace mas interesantes. Y de paso, crecemos. Feliz día del amigo.
Sorpresas reinas y unidas
Sorpresa 1. Grande fue la mía al abrir el diario la semana pasada: en su multi-premiado suplemento G2, The Guardian le dedicó cuatro páginas completas a la Patria Celeste y Blanca, con foto de los pingüinitos como apertura y tema central.
El autor, Richard Gott, es un reconocido escritor e historiador del medio que se lanzó, pobrecito, a analizar tres décadas de historia argentina, los gobiernos de los Kirchner, y la supuesta “revolución cultural argentina” en tres páginas, fotos al estilo Nacional Geographic incluidas.
Sorpresa 2. Aún mayor esta vez, y con matices de pánico y horror. Y un nosequequequeseyo, ¿viste? Al leer la nota del Sr. Gott tuve la sensación que estaba siendo llevado en un almohadón por un grupo de querubines, sobrevolando los cielos al compás de Bach; era como leer un poema de Wordsworth, uno de Cortázar. De principio a fin, el artículo adula a los Kirchner y su política, y nos pinta una imagen de ellos que se acerca más a la de dos cisnes enamorados en un lago vienés que a la de los dos pingüinos que nosotros tenemos tan bien junados.
Plagado de generalizaciones, omisiones, y falsos atributos, no puedo sino imaginar que el articulo ha sido escrito para enamorar al público con la “nueva Argentina” de los Kirchner. Sin embargo, a los que sabemos cómo viene la mano en nuestros pagos, no nos puede sino asustar. El articulo esta envuelto en un tul de cambio y esperanza, y habla, aparte de las maravillas de los Kirchner, de la supuesta “revolución cultural” que esta pasando en el país; de un abrir de ojos que estamos experimentando al darnos cuenta que pertenecemos a América Latina y no a Europa, como nos gusta creer. Hasta acá todo muy sui-generis, todo muy lindo, pero…
¿No se te olvidó algo?
El copete de la nota parece sacado de un libro de odas, o de uno de esos que nuestros viejos leían durante el peronismo, que se ocupaban de instruirnos en las virtudes de Evita y el General.
Tradúzcolo así, y tomen asiento: “Cristina y Néstor Kirchner, la presidenta y ex presidente de la Argentina, visitan el Reino Unido esta semana, dejando detrás de ellos una nación al borde de una revolución cultural sin precedentes. Richard Gott escribe acerca de cómo el país esta, finalmente, descubriendo su verdadera identidad”. Dos pifiadas dos en cinco líneas: la pareja no visita el Reino Unido esta semana, sino que lo iba a visitar… eso, hasta la semana pasada, cuando el lazo que los gauchos le apretó tanto que Cristina tuvo que cancelar. Igual, Lula tampoco iba, dijeron en la Rosada. Y segundo y más importante: en el caso de venir, la presidenta dejaría al país al borde… del caos. El paro del campo, recién resuelto el miércoles, dejó las góndolas de minis y super mercados con poco mas que polvo y tomates en conserva; después de tres semanas sin nada que entre.
Me acuerdo de Luca Prodan: “mejor no hablar de ciertas cosas”.
Me pregunto, y le tengo miedo a la respuesta, ¿Cómo es que al autor se le escapan dos hechos tan importantes? ¿Azar, descuido, o intención detrás del hecho?
No contento con tal acto de cortesía para con los Kirchner, el autor siguió para adelante, y en el cuarto párrafo me encontré con una frase que me hizo salpicar el diario con café: “(…) esta impresionante pareja política ha presidido durante la recuperación económica del país luego del espectacular colapso bancario del 2001, estableciendo el mejor y mas popular gobierno en más de medio siglo” ¡A la pipeta! ¿Tan buenos son? ¡Haber dicho antes! Tal vez les hubiéramos podido haber dicho a los gauchos del paro: “mire, don, por qué no nos da un par de vaquitas, unos kilos de harina. Al final, después de todo, doña Cristina es lo mejor que nos ha pasado en esta vida. No seamos malitos y se la compliquemos, ¿si? Mire que hay que cuidarla. ¿Déle?” Gracioso que este buen hombre se refiera a estos gobiernos como lo mejor de los últimos cincuenta años, particularmente después de una hojeada a los titulares de Critica:
2008-04-03: NO DAN DATOS SOBRE LA RUTA DEL DINERO “REPATRIADO”
2008-03-31: Nada de pollo y carne cara, Crece el desabastecimiento. Más adelante en su artículo, el autor asegura que una gran porción de los intelectuales argentinos apoya incondicionalmente al kirchnerismo, y menciona a Horacio Verbitsky.
De acuerdo al señor Gott, él “elogia la manera en que los Kirchner han limpiado el sistema legal del país, haciendo nombramientos impecables en la Suprema Corte y trayendo jueces mujeres para desafiar la supremacía femenina.” Limpiado el sistema legal, la frase no podría ser mas irónica, en particular después del cachetazo en la cara que el titular del 2 de abirl les dio a don Verbitsky y a don Gott: “A cargo de un expediente que la involucra, La hija de Alicia Kirchner se investiga a sí misma“.
Me pregunto, les pregunto. ¿Cómo es que cosas así se nos escapan? ¿Cómo es posible que un país tenga dos realidades; la que se vive adentro y la que se exporta? ¿Quién quiere consumir una realidad que no es? ¿Para que? Y la ultima, tal vez más importante ¿Le podremos ver la cara alguna vez a ese que insiste en vender gato por liebre?
Sorpresa 3. Linda sorpresa. Agradable. Melingo y Bajofondo en Londres.
“Daniel Melingo, el hombre que está volviendo al tango seriamente cool”. Hete aquí el título de la nota de The Independent del viernes 4 de Abril. El diario, uno de los más independientes y respetables de Gran Bretaña, le dedicó un generoso artículo a manera de promoción del festival latino “La Línea” que va del 2 de Abril al 3 de Mayo, en Londres.
Uno de los principales conciertos, y uno de esos que nos toca más cerquita del cuore es la presentación del señor Melingo y Bajofondo en el Royal Festival Hall. La tentación y la curiosidad eran demasiado fuertes como para resistirlas, así fue que rompí el chanchito y para allá me fui. Además de las ganas de escuchar buen tango en vivo (ya rayé todos los Cds de Piazzolla…) tenia una pregunta, una inquietud en mi cabecita loca:
¿Cuantos de los nuestros irían al concierto?
¿Cuantos locales?
Porcentajes ¿Actitudes? ¿Similitudes? ¿Diferencias?
Tal vez demasiadas para responder en el transcurso de un recital, pero igual decidí investigar.
Me sentía inquisitivo. Previo al concierto, decidí poner manos a la obra y contar a los albicelestes que encontrara. Ya sea por el acento, por la manera de vestirnos y caminar, o por la pinta, pensé que la individualización seria una tarea fácil.
El sexto sentido se despertaría. Así que puse el argentinómetro en funcionamiento, y la verdad que los resultados que el estudio arrojó fueron, al menos un poquito, sorprendentes. Eso, esa es la palabra: “poquito”.
Poquitos fueron los argentinos que me encontré en el foyer. ¿
Donde estaban, muchachos?
Llegarían tarde, quizá.
Despues de todo, la puntualidad no es una de nuestras mas conocidas virtudes.Tal vez atormentado por el descubrimiento, decidí seguir con mi investigación una vez comenzado el concierto. Claro, ahí fue más fácil. Cada vez que Melingo hacia un chiste o nos regalaba un monologuito era fácil decir quienes venían de la patria celeste y blanca y quienes no. Los demás poco entendían.
Y empezó la música, y Daniel nos regaló su banda. Y la banda nos regalo un poco de lo mejor que el tango en este siglo veintiuno tiene para ofrecernos. Y claro, a esa altura nada importaba.
El tango nos llevaba, nos mecía, nos unía a todos en una comunión casi cursi, potente, nostálgica y, lo que de verdad importaba, sin idioma.
Impresionante.
Sorpresa y media.
A esta altura, el denominador común entre los asistentes era una sonrisa enorme de oreja a oreja, felicidad y admiración, como la que siente Pichichus al ver a Superhijitus.
Y así nos movimos al intermedio. Tragos, whisky doble y de vuelta en el auditorio, se nos voló la peluca.
Bajofondo entró en escena, y después de pegarnos en la cabeza y obligarnos a saltar como en trance por poco mas de una hora a fuerza de hits y sorpresas –“A veces, yo hago música para películas”, dijo Santaolalla, y nos hizo llorar como pichiruchis con “De Ushuaia a La Quiaca”- el grupo nos enseño a todos la mejor lección, que a fuerza de parecer obvia no es menos cierta: para la música, no hay idioma.
Claro, leer que el tango empezó a jugar en primera después de llegar a Paris en los 20 a pesar de la falta de francés de los cantores y de español de los cantados es una cosa, pero ver cómo previa invitación de la banda la audiencia toda se abrazaba y saltaba como festejando un mundial, bailando y siguiendo las mismas notas, es otra totalmente distinta.
Fue ahí cuando me cayó la ficha.
Melingo y Bajofondo en el Royal Festival Hall no hicieron otra cosa que lo que hacen Coldplay y Lilly Allen en River: acercarnos a los argentos y los brits un poquito más.
Unos dias en mi Argentina…
Sentarse a escribir acerca de la vuelta suena fácil, casi como escribir cualquier otro post , incluso sonaba ameno. Por eso fue que cuando me dijeron: “Che, escribite algo acerca de la vuelta a casa” acepté de entrada.
Difícil no podía ser.
La verdad resultó ser otra: “difícil” le quedaba chico a la tarea, la cosa se acercaba más a lo “jodido”. Y es una jodidez difícil de sortear, que no viene de lo lingüístico o de lo organizativo, sino de lo emocional.
¿Cómo desmenuzar lo que sentí en dos semanas locas en las que no solo descubrí cosas acerca de mi país y de mi gente sino de mi mismo?
Un poco espantado por la tarea, hace un par de semanas empecé por la parte más fácil: las impresiones que la Argentina me dejó las volqué sin mayores problemas en “Dios salve a la Reina”. Pero ya no había tiempo, y a las cosas solo se las puede postergar, pero no escapárseles. Así que me arremangué la camisa y me senté frente a la laptop.
Como la mayoría de las historias acá, la mía al regresar a la Argentina también empezó en Ezeiza. Mi mujer y yo habíamos salido de Heathrow, en Londres, hecho trasbordo en Madrid, y unas diez horas después del despegue inicial a mi todavía no me había caído la ficha: después de casi dos años estaba volviendo a casa, y creo yo que una parte de mi estaba aprovechando el tiempo del vuelo para acostumbrarse al merengue emocional que la cosa iba a significar.
La cabeza recién me hizo “clink” tiempo después de aterrizar en Buenos Aires, cuando una vez cargado el taxi que nos llevaría a Aeroparque –después de quince horas en el aire más un par de amansadoras en el medio aun nos quedaba llegar hasta Mendoza- nuestro conductor metió primera y salió de la fila de taxis rumbo a la ruta… sin mirar por el retrovisor.
La banda sonora del momento estuvo a cargo de una decena de otros “tacheros” que se prendieron de la bocina como si de eso les dependiera la vida. Y a modo de coro las puteadas, claro. Ahí todos nos acordamos de madres, abuelas, hermanas y cornamentas por igual. En ese instante las miradas de Hugo, nuestro inconsciente conductor, y la mía se cruzaron. Y los dos estallamos en una carcajada bien fuerte, de esas que salen de la panza y no se preocupan por mostrar las tapaduras de las muelas ni por la buena educación. Y la magia sucedió. Así, como si nada, sentí que estaba de vuelta. “Bienvenido a casa”, me dijo Hugo a manera de confirmación.
Y yo recibí las palabras como si fueran el Sagrado Sacramento. Solo tenia dos semanas en casa, y me había propuesto aprovecharlas a fondo, y sin cinturón de seguridad: si hay que perder la compostura se la pierde, si hay que revolcarse por el patio hasta quedar blanco de tierra jugando con el perro, se lo hace; si hay que fundirse en uno de esos abrazos que hacen que a uno las piernas se le aflojen, las narices se corran y los ojos se inunden, se lo hace. Y si hay que enfrentar al pasado con el puño cerrado y la frente en alto, se lo hace. Después de todo uno solo tiene un par de balas en la cartuchera. Y hay veces en las que solo tenemos una oportunidad de gatillar.
Los motivos de mi viaje eran varios. Pero primero y principalmente, me ocupé de hacer tic en los casilleros estándar: ver a familia y amigos, jugar al fútbol, comer asado, hacerse con parafernalia de origen nacional, comer asado, pasar por Buenos Aires (no-porteños solamente), jugar un par de veces al truco e intoxicarse con Quilmes y caña Legui. Estos, se me hincha el pecho al decirlo, fueron tics generosos, hechos y derechos, con fibrón punta gruesa: Familia y amigos fueron visitados con una asiduidad cansadora, tirando a pegajosa: aunque todos estaban de un modo u otro diferentes de como los recordaba –kilos de mas, kilos de menos, barbas nuevas, cabezas grises…- de los doce días que estuve en Mendoza, once y medio los pasé con ellos. Eso si, espolvoreado con un poco de todo lo demás: cantidades inéditas de asado, ocasionales y siempre humillantes partidos de fútbol, desfalcos en los locales Musimundo en búsqueda de bienes con la banderita celeste y blanca, visitas a las parrillas locales, humillación en las mesas de truco, y… un par de litros de los preciosos líquidos.
Pero como en todo y como siempre, las cosas no fueron solo de ida. Pasado el regocijo inicial, me encontré con la otra cara del reencuentro. Esa que, al menos para mi, no fue obvia a pesar de ser lógica. Yo también había cambiado. Y de acuerdo a ellos, a mi gente, bastante. Los cambios rebalsaban la obviedad (me casé, estoy un poco mas viejo, mas barbudo, un par de kilos de los que a diario reniego y que se empeñan en mostrarse…) y salían a la superficie. El Javier que hace dos años se fue ya no existía; el que había vuelto era uno que, a los suyos, les resultaba un poco extraño. Las diferencias no eran grandes: un cambio en la pronunciación –el “caie” mendocino ya no estaba, y lo que ahora salía era una “caye” medio aporteñada…-, en la manera de hablar que por ahí tenia un poco mucho del inglés, y por ahí en la manera de vestir, que en sus mejores momentos ahora era más Londres-capital-de-la-moda que Mendoza-capital-del-vino.
Cosas que, acordemos, rozan lo insignificante. Pero que en su conjunción, agitadas pero no batidas con Fernet y Coca, decían a coro con amigos y familia: “Javi, ¿sabes que? Te ves un poco mas… extranjero.” Y las tres silabas caían una tras otra, abollándome la moral. Pero tiempo después, habiendo digerido y repensado el asunto, las cuentas me empezaron a cerrar: el cambio es inevitable, permanente. Y hay veces en las que ni nosotros mismos nos damos cuenta de cuándo ni cómo viene, mucho menos de cómo nos deja. Y a veces, sin que nos demos cuenta, el madurar se nos nota.
Así las cosas empezaron a tener sentido para mi. Así fue como un viaje de dos semanas que había sido concebido como visita familiar a base de necesidad aguda se convirtió en algo mas profundo, bastante cercano al auto-descubrimiento. ¿Qué hacer con esta ensalada rusa de emociones, yosoy y yonosoy, quéseyos y quésecuantos.
Bueno mi amigo, bueno mi amiga, a modo de catarsis o de terapia, cuando en duda recurra a la pluma y el papel que generalmente no duelen y hasta ayudan o a Argentinos en… ¿Quién sabe? Tal vez se sorprenda, y por entre medio de los renglones se descubra a usted mismo, a usted misma madurando…
Londres, o cómo entender mejor a la Ogra.
En Heart of Darkness, Joseph Conrad habla de la relación inajenable que a veces se entabla entre los mapas y los hombres. En ellos se dibujan figuras que se mueven y nos hablan en los recovecos caprichosos que asientan los cartógrafos, y los motivos ulteriores y efectos que los pliegues de papel tienen en nosotros saben representar un desafío al razonamiento.
Cuando niño Marlow, el protagonista de la fábula de Conrad, descubre el mapa de un misterioso país en las vidrieras de su ciudad natal. El dibujo lo fascina, pero no tanto por su belleza o exactitud cartográfica, sino por el río que en él se dibuja, y que como una serpiente omnipotente separa el territorio en dos; el animal azul tiene su cabeza en el mar y su cola en la vastedad del territorio, que domina. El efecto que tiene el río en el muchacho es inmediato, hipnótico. “As I looked at the map of it in the shop window, it fascinated me as a snake would a bird –a silly little bird.”
Es así como Marlow empieza a contarle al resto de los tripulantes de bote las aventuras y penurias que ha sufrido y de los personajes que ha conocido en los confines del África. Y es así como Conrad toma al lector de la mano y lo empuja a emprender un viaje que también a él lo llevará a explorar los rincones oscuros del corazón, en los que los demonios habitan.
Albur del destino o no, el protagonista y sus compañeros de viaje están a bordo de un bote en el estuario del Támesis, esa serpiente que, brutalmente, divide a Londres en dos. El río es el más largo de toda Inglaterra, y después de zigzaguear por más de trescientos kilómetros y morir en el Mar del Norte pasa por el medio de la capital británica, la llena de carácter y de vida, y con cada cambio de la marea la renueva de varias maneras. A sus orillas descansan las herramientas para que la maquinaria continúe en movimiento, y de ellas bebe la metrópolis, que se empeña en seguir creciendo.
De los muchos edificios que adornan la ciudad, los más populares en las postales son los que escoltan al Támesis a lo largo de su paso por la ciudad. El Big Ben y el Parlamento, Tower Bridge y el London Eye son paradas obligadas en cualquier visita a la ciudad, y uno no conoce Londres sin haberla visto en su inmensidad, su pomposidad y su miseria desde un bote en una tarde de verano.
Pero el río no basta. Como todas las grandes ciudades, Londres no se queda corta a la hora de mostrar calificativos: embajadores, generales e ilegales la han calificado a lo largo de los siglos, pero hay dos estrellas que en su solapa no brillan; Londres no es bella, y ciertamente no es amigable.
Una entre las miles de actividades que la ciudad ofrece será suficiente para dar por tierra con mi sentencia. Una caminata a la orilla del Támesis un fin de semana por la mañana, una noche en el West End –la calle Corrientes de la ciudad -, un almuerzo en el Barrio Chino o una visita al idílico barrio de Chiswick en el que las jóvenes familias florecen y sonríen, la recesión no existe y el tráfico es una pesadilla lejana, son solo ejemplos de las cosas bellas y amigables que se pueden hacer en la capital. Encontrar momentos y lugares de perfección en esta capital no es cosa difícil sino una ocurrencia diaria, pero hacer que los epítetos “bella”, “hermosa” o “amigable” encajen con una descripción de la ciudad es, tal vez, esperar demasiado de las lenguas vivas. Londres es una acumulación de mundos, de universos bien distintos, y gracias a su completa heterogeneidad alcanza el que tal vez sea el más valedero calificativo de todos: magnífica.
Henry James fue el norteamericano que más abierta y magistralmente registró su amor por el corazón del Imperio Británico. El suyo no fue un amor ciego y adolescente sino uno maduro y completo, que perduró hasta el fin de sus días. James había visitado la isla por primera vez en 1843, a la edad de seis meses, y luego de haberle prestado más visitas durante sus años de adolescencia y juventud, decidió hacer de Londres su morada permanente en 1876. Años más tarde se mudó al pueblo de Rye y en el año 1916, uno antes de su muerte, se convirtió en Súbdito Británico.
En 1905 escribió English Hours, una colección de ensayos que se puede leer como una oda al Ser y Existir británico sin sonar jamás a adulación o fascinación. La de James es la adoración sincera de aquel que conoce bien al objeto de su afecto, y que ama sus cualidades y acepta sus defectos. El primero de la serie de ensayos está dedicado a Londres, y en él James dice:
“Londres es tan torpe y brutal, y ha juntado en sí tantos de los lados oscuros de la vida, que es casi ridículo hablar de ella como un amante habla de su mujer, y casi frívolo el aparentar ignorar sus desfiguraciones y crueldades. Ella es como una ogra poderosa que devora carne humana; pero para mí es un atenuante el hecho de que la ogra misma sea humana (aunque no lo sea para todos). No es debido a indecencia o a violencia gratuita que se llena el buche, sino para mantenerse viva y hacer su tremendo trabajo.”
Es una de las ciudades más pobladas del viejo continente, y en el rompecabezas étnico que se llama Londres nace, se mezcla, sufre y muere en paz un sinnúmero de nacionalidades que en su melange va cambiando la lengua y hasta la definición del ser británico. La ogra no cree en los buenos modales y tampoco tiene preferencias; la piedad no existe en su vocabulario. Pero a la hora de repartir, la ciudad no entrega cartas marcadas. El color de un pasaporte, la proveniencia de un traje son menos importantes que la cadencia de un acento, pero aun aquellos que se expresan en monosílabos tendrán asegurada, en la vastedad de las entrañas de la bestia, una chance justa de supervivencia.
“Una Londres pequeña seria una abominación, como también es, afortunadamente, una imposibilidad” escribió el norteamericano, y dio en la tecla. La multiplicidad de identidades que tiene Londres es, en gran parte, la clave de su encanto. Piccadilly y sus avisos multicolores de neón que asaltan los sentidos desde las alturas poco tienen que ver con Camden Town, en donde alguien tocó algo en la botonera de la máquina del tiempo y los hippies y punks de los alrededores recrean día a día escenas cotidianas de los sesenta y los setenta. En Chelsea y Knightsbridge los edificios y sus gentes exudan clase, buenos modales, vocales profundas y consonantes de fonetista, mientras que hacia el este, en el área de las clases trabajadoras, los edificios bajos, los habitantes y el lenguaje mismo son un testimonio de la expansión que la revolución de las máquinas causó en el siglo dieciocho y de lo nuevo, de lo cool, en las últimas décadas.
El área de Shepherds Bush, en el oeste de la metrópolis, es muchas cosas discordantes. Pero ciertamente no es pintoresca. En el barrio, que hace un par de años era famoso por la mala vida y la valentía de quienes lo visitaran, hasta hace unos meses no tenía más para ofrecer que un precario “mercado abierto” de muchas banderas y una de las plazas menos tentadoras de la urbe. Hoy, en cambio ostenta el centro comercial más grande y suntuoso de todo el continente. Un edificio monstruoso y ultra-moderno que nada tiene que envidiarle al estilo de Dubai, no sólo no concuerda con la zona que lo envuelve, sino que en su contraste representa el desdén de Londres por respetar convenciones y hacer que las cosas “encajen” con el conjunto.
“La ausencia de estilo, o mejor dicho de la intención de estilo, es ciertamente la característica más general de la cara de Londres” asentó James hace 104 años en algún rincón de esta ciudad. Una visita al continente ratifica la afirmación. Varsovia, reconstruida después de la bestialidad del Führer, ostenta un hilo conductor que la une a ella y a todos sus edificios, que los envuelve y les presta un sentido de integridad que hace a la identidad misma de la ciudad. Es un hilo que en sus fibras tiene escrito el deseo de levantarse y seguir camino, de volver a la gloria de ayer, del tesón de un pueblo y la negativa a quedar en el olvido. Caminar por la Barceloneta, explorar las Ramblas es sentir que Barcelona, en su maravilla y su locura, le pertenece a un hombre, y ese hombre es la resistencia y es cada uno de sus habitantes, y es Orwell luchando hombro a hombro con los habitantes de Cataluña y es, indudablemente y en cada esquina, en cada plaza y en cada pórtico, Antoni Gaudí. En Paris el aire es siempre arquitectural, ese énfasis en que avenidas, jardines, edificios y callejuelas “encajen” es típico de la ciudad al punto que la define. Cuando uno piensa en la Ciudad Luz uno piensa en la perfección, el glamour, en Chanel y en un sentido de belleza en general que no falla en encantar al visitante.
En Londres encontrar la belleza es a veces un desafío, y explorar su corazón sólo una parte de la aventura. La ciudad respira arte, y en cada esquina hay testimonios de ello. Una visita al West End es también una caminata por Broadway y por la calle Corrientes. Pero salpicarse del color y la alegría de los musicales no representa mayor desafío que el de pagar la entrada. El reto es encontrar aquellos antros en los que los actores sueñan, las letras encuentran su espacio en las páginas y el mundo se conjuga y fluye, como en un Aleph. Estos lugares, tanto como Trafalgar Square y el Parlamento, son el Londres de las guías turísticas que nos mezquinan aquel pub que esconde un teatro a sus espaldas o aquella tienda de discos under que los jueves a la noche nos seduce con un jazz húmedo y perenne.
En Londres, el arte está en todos lados. Es su historia; es pasado, es presente y es un todo que envuelve a la ciudad y le suspira al oído. El arte son los actores que semana a semana levantan obras, y los músicos que en el subte distribuyen sonrisas por lo que el bolsillo pueda ofrecer; son las palabras, que las máquinas de escribir aún escupen. El arte son las placas azules en las fachadas de tantas casas, que delatan las casas de Orwell, Händel, Hendrix y Franklin, son las oficinas del British Council que un día trajo a Borges para una investidura y una serie de charlas y la mesa de aquel restaurant en el que el maestro gustaba de almorzar. Son el Támesis de Heart of Darkness y el Globe de Sir William, los bancos de Hyde Park que escucharon a John Barry soñar su Peter Pan. Son las esquinas que día a día ven a la ciudad latir y las caras que, mañana a mañana, conviven en la ogra, haciéndola sonreír.
El encanto de París es un encanto de doncella, de mejillas rosa o acaso de lencería color carmín y encajes negros. Un encanto que pende del detalle y del ornamento, de la perfección y la belleza. Londres es el encantamiento que la Serpiente del Támesis ejerce en el visitante, es el de convertirlo en el pajarillo tonto de Conrad; no es bello, pero Dios sabe que es imposible escaparle.
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Publicado originalmente en Miranda. Revista Anual del Instituto de Investigación de Literaturas en Lengua Inglesa. Nº 2. Año 2008. IILLI, FFyL, UNCuyo.
Instrucciones para un dia de nieve (en Londres).
Cierra los ojos.
Se Moisés en el desierto y no, no importa lo que dicen.
Se un roble, se el guía que hoy no está.
Se San Martin y organiza tu ejercito;
Sabe que sus risas son tus tambores.
Se Lord Kitchener y ve de cuarto en cuarto.
Tus vecinos te necesitan, y aun no lo saben.
Se Cristóbal Colon y Galileo, y regocíjate cuando te llaman loco.
¡Apúrate! El sol ya sube y las chimeneas despiertan. Bostezan.
Se Alejandro, y congrégalos en la explanada;
Diles lo que sabes y lo que no. Únelos.
Son un grupo ahora.
Más allá del edificio que los abraza
Sus corazones laten a destiempo
Que suenen en sintonía
Que suene su música.
Vayan por sus Rocinantes;
Como ayer y mañana irán hombro a hombro.
Sean el Ejército Rojo, y no habrá nada entre ustedes y su destino
Que es su pasado y su futuro.
Y una vez allí
Envueltos por la cortina de siempre
Y una multitud de risas
Déjense caer.
Lloren, griten, rían y maldigan.
Bésense los unos a los otros.
Ámense.
Recuerden.
Y hagan un festín del solido frio.
Tómenlo,
Sientan la nieve en sus manos
Y no a dejen ir hasta que queme
Y les haga sentir su presencia.
Déjenla quemar.
Déjenla doler.
Déjenla que se derrita y se mezcle con sus lágrimas.
Jueguen.
Griten.
Escuchen.
Recuerden.
Lancen bolas de nieve a sus abismos
Y disfruten del azar,
De sus permutaciones.
Esperen y disfruten.
Recuerden.
Sean ustedes antes de ser ustedes.
Recuerden.
Y antes y después de darle vida
A hombres de nieve y ángeles
Que no verán el mañana.
Levanten sus cabezas y rían.
Sean niños
Bienvenidos al ayer.
Y antes de irse
Antes de dejar el campo de batalla
Que es el parque y que es de ustedes
Dense cuenta:
Ya no son los mismos
Vuelta de página
Ya pasaron dos semanas de las fiestas y todavía me queda el gustito en la boca. A la hora de recordar este blog, había pensado en hacer de este escrito un todo lacrimoso y verdolaga y hablar de las amarguras de decirle “hola” a Papá Noel y “chau” al año viejo lejos, bien lejos de casa.
Se me habían ocurrido líneas y líneas dedicadas a los litros de vino que no tomé, los fuegos de artificio que no tiré y las cabezas de ganado que se salvaron de pasar a mejor vida, pues hubieron tantos asados en casa que tampoco comí… Iba a enjugarme las lágrimas con el papel al acordarme de mi Santa Madre, demás miembros de la patota familiar y mascotas que, juntas, sufren envueltas en mi ausencia.
Pero ya hay tantos escritos grises y moquientos en este blog que el mío no hubiese sumado, pobrecito. Hubiera quedado relegado al montón de letras de tango recicladas en forma de posts que, aunque legítimos, poco suman. Los posts grisáceos como estos se vuelven reiterativos, redundantes. Y, seamos honestos, lo dejan a uno con sabor a depresión, pasajes de avión inalcanzables, y palabras que se anudan en la garganta y en las llamadas telefónicas se empeñan en no salir, y cómo duelen.
A este año, como a los dos anteriores, no lo recibí en ojotas tomando sidra y tirando petardos. Al 2009 lo recibí tapado hasta las orejas, con una copa de champaña y viendo como el Támesis y el Big Ben cambiaban de color con los fuegos de artificio que otros detonaban. A Papá Noel ya tampoco lo llamo así. Pero como este año me porté bien, Father Christmas me sigue trayendo lo que le pido.La rutina también cambio. Cuando en Mendoza la actividad del 25 era una visita a familiares en masa, acá la pasamos más tranqui. Caminatas en el bosque que terminan en el pub son la parte central de la agenda ahora.
Sin embargo siempre había habido algo a esa altura del año que no me terminaba de cerrar. Se me hacia hipócrita celebrar teniendo a mi gente tan lejos de mi; permitirse la alegría festiva era motivo de culpa. Hay que decirlo: la Navidad y el Año Nuevo, para este exilado, eran la mejor época para el auto-flagelo, la culpa gratuita y las canciones de tango malhechas.
Hasta que este año me cayó la ficha. La gente muere, y los que se quedan de este lado se levantan, se sacuden las rodillas y siguen camino. Los corazones se rompen y las lágrimas ruedan, pero siempre habrá alguien a la vuelta de la esquina que nos haga darnos vuelta. Y, con algo de suerte, que nos haga dar vuelta la página también. Nos levantamos, caminamos y seguimos, pero solo después de cortar esa soga que nos ata de la cintura y nos une al pasado.
Así que al tope de mi lista para el barbudo, este año puse un buen par de tijeras. Este año decidí no moquear sobre mis regalos, y dejé de permitirle a las lágrimas que le cambien el sabor a la cena navideña. Este año al fin me tragué ese nudo en la garganta que se llama angustia y que no me estaba dejando hacer brindis como la gente. Decidí dejar de mirar por el retrovisor a mi familia, amigos y demás secuaces, y de imaginarme escenas de tristeza irreconciliable.
Porque al fin y al cabo, y a pesar de que ellos están allá y yo acá, en casa el vino siguió corriendo y la carne se siguió asando. El reloj siguió avanzando, y mientras que las campanas no dejaron de sonar, en mi casa se siguieron abrazando, agradeciendo, queriendo. Deseando. Soñando. Como a kilómetros de distancia, mi familia en Mendoza y yo en Londres.
Comments (2)
Más alto, por favor…
Cuando uno ve cosas del estilo de “No me gusta”, “Me parece un poco soso”, “A que queres llegar con esto?” y “Cual es el punto de todo esto?” colgando de la pared del post de uno, lo que cuelga es un collage de adornos, cuadritos que complementan el escrito de uno, lo completan. Así, entre los que asienten con sus párrafos y lo congratulan a uno y los que están en desacuerdo y le intentan poner los puntos sobre las íes al escriba uno crece. Uno madura entre las letras, y el que postea siempre lo agradece. Ese es el punto de escribir algo que puede rozar en lo polémico; el crear discusión. ¿No es así como crecemos? Déjenlo a uno escribir lo que le venga en ganas y en una burbuja y a ver donde terminamos…
Pero una cosa es la crítica constructiva y otra muy diferente son los tomatazos gratuitos, y ay que hay que tener cintura para esquivarlos! O la piel muy gruesa, como alguien alguna vez me dijo. Afortunadamente, los tiradores de tomates y de cascotes no suelen tener buena puntería. Le apuntan a uno en la cabeza y terminan salpicándole los zapatos, o a lo sumo el pantalón. Porque claro, se sabe que los tomatazos, como las críticas y las bombas, tienen que lanzarse con altura. De lo contrario no llegan, o le explotan al ingenuo en la mano. Así mismo y con mala puntería, hay que admitirlo, los comentarios que se estrellan en la pared de nuestros post molestan, como las manchas de tomate en nuestro pantalón favorito.
En la búsqueda no de un responsable sino de una explicación, me puse a cliquear para atrás en el tiempo, con la esperanza de encontrar un factor común entre el enchastre en que algunos posts se saben convertir. Una conducta así no puede ser azarosa, algún razonamiento debe de haber detrás de esas líneas, pensé yo. Y cómo me equivoque. Como la mayoría de las cosas que se dicen y se escriben cuando envueltos en la cólera, los comentarios que encontré en mi último post -¿Qué diferencia hay entre el menemismo y el kirchnerismo?- no soportan el más débil embate del razonamiento, pobrecitos. Veamos, tomemos aire y veamos.
Un buen hombre, que dice responde al apelativo de Guillermo desenfunda, horondo en su anonimato, y dispara: “Tu articulo hará empalidecer de envia [sic.] a Mariano Grondona o a Cecilia Pando, ellos no lo hubieran dicho mejor.Deseo de corazon que nunca gobiernes Argentina podrias firmar otro pacto Roca-Runciman.” Mares de ortografía y puntuación que atravesar dejados de lado, el punto principal del comentario parece ser el de… el de… ¿el de qué?
¿Cuál es el punto de teorizar acerca de una imposibilisima presidencia por parte del autor cuando el punto en discusión es el descontento con la presidenta? Ninguno. El identikit de los tomateros se empieza a dibujar, entonces: incapacidad para distinguir “a” de “b”, rezaría la primera línea. Tomatazos que siguen esta línea táctica parecen seguir la lógica del “no me gusta lo que leo, pero como no sé bien a donde pegarle yo tiro por las dudas”, o más conocida como “tomateo en metralleta.” El tomateo indiscriminado, con la esperanza de, con suerte, embocarla. Invariablemente, el tomate nunca golpea donde tiene que golpear. Y las manchas suelen salpicar más al tirador que al blanco. Que en la mayoría de los casos queda de punta en blanco.
También existe el tomateador kilométrico, o de pergamino. A primera vista, parece ser que los adeptos a este estilo tienen que cumplir con una sola condición: tener tiempo, mucho tiempo. Colaboradores como Xavier, por ejemplo, examinan con admirable minuciosidad y una no tan bienvenida miopía cada letra, punto y coma que el escriba decide incorporar a su texto. Trabajo de monjes y eunucos que debiera de ser admirado y loado, salvo que las reflexiones fruto de tan sesudas sesiones de análisis suelen ser amorfas: no tienen ni pies ni cabeza, y basadas en la descontextualización no hacen más que dejar un gustito amargo en la boca. Como los tomates podridos.
No solo acusa al escriba de prejuicioso por haber usado “vecinos latinoamericanos”, sino que la metáfora y el oxímoron parecen no existir en el lenguaje de este buen hombre. Para él, todo es literal. Para él, el adjetivo “orgiástico” se restringe a la variante de actividad sexual. Y punto.
De ahí en más, el comentario es una explosión de luz, color y alegría. Para él, quien escribe es un “tilingo promedio”, un frívolo que se merece su lugar en el panteón de los no agraciados por la opinión popular junto a Miguens, Pando y los “asesinos de la SRA”. Todo con razones de peso absoluto.
Además de estas, Xavier nos ofrece otra perla de sabiduría: una clase maestra en el buen uso de la ironía. En su primer párrafo, nuestro protagonista dice que lo deja “sin palabras lo vacuo e insulso” de mis reflexiones. Sin palabras, dos líneas antes de lanzarse a escribir, sin sonrojarse, un comentario de nada menos que 3.760 caracteres.
Hay otros que ni siquiera se molestan en intentar hacer uso del razonamiento. Con el agravio alcanza. Total, a mí nadie me ve, y detrás de mi seudónimo digo lo que quiero y como quiero. Porque soy macho y me la aguanto! ¿O no? Así, de tilingo promedio paso a ser un “patético subido”, un “pedorro”, un “soberbio” y un “payaso”. Además de “el otro yo de don vargas llosa, y el terror de cristina, fustigador del colectivo con sus sesudos comentarios”. Como alguien una vez los llamó, los mala leche que se regodean en su ignorancia, en sus nubes de verdad absoluta y casi siempre inexistente no dudan en hacer generalizaciones diciendo, por ejemplo, que “el perfil del emigrado coincide con el del fracasado.”
Los tomateros siempre estuvieron, están, y estarán. Ahora son más obvios, ahora disfrutan del anonimato y de la facilidad que Internet nos da para expresarnos. Blogs de todos los colores, formas y tamaños abundan, y expresar nuestras opiniones y discutir, deporte nacional, se ha vuelto un trámite al alcance de la mano para todos. El fenómeno, claro está, no es exclusivo a “Argentinos en…”. Hace un tiempo Caparros cuestionó la existencia del justicialismo en la escena política actual, y entre los comentarios que como hongos después de la lluvia se multiplicaban al pie de su texto, un generoso porcentaje de los anónimos comentaristas eligió la un tanto más fácil actividad de calificar al árbol genealógico del periodista. Haciendo caso omiso del tema en cuestión. A lo que Caparros decidió contestar con otro escrito días después.
Lanata, por su parte, eligió fumarse un pucho y tomárselo con soda y buen humor. Siendo el Señor Director, criticas no le faltan. Decidió compilar a las mejores en un blog, para admiración y asombro de muchos ante el abanico de comentarios que recibe. Hay quienes, sin movérseles un pelo, lo acusan de desestabilizador, cuasi-guerrillero, y el causante de las hambrunas y guerras mundiales. Y de dirigir un diario pedorro.
Es imposible conformar a todos. Más importante aun, es harto prescindible. Alguna vez escribí que la función de un blog responde al escriba, no a los que comentan. Es, en un punto, como una gacetilla under. Decimos lo que pensamos, contamos lo que vemos, agradeciendo el espacio. Y esperando que los tomateros tiren con altura, porque así crecemos.